Maria Ostiz

(por J.M.Moratinos)

ARTISTA

Nombre: María Dolores Ostiz Espila
Origen: Navarra
Período de actividad: 1965-1987
Estilo musical: Folk, Pop acústico

ACTIVIDAD

En tiempos como los actuales, en los que la reivindicación feminista adquiere cotas de máxima preponderancia, cabría recordar cómo la generación pionera del pop español en los años ’60 del siglo XX ya dio muestras de la valía de unas cuantas mujeres que jugaron un papel primordial, no sólo a nivel de interpretación, sino de composición. Con ellas surgieron las primeras grandes cantautoras españolas, precursoras sin duda de otras que han ido surgiendo hasta nuestros días. De un triunvirato de nombres en la memoria colectiva, junto a Mari Trini y Cecilia, tal vez la primera en orden cronológico y repercusión sea María Ostiz.

La que muchos llegaron a llamar la “Joan Baez” española, por el timbre de su voz y su aire melodioso, se llama en realidad María Dolores Ostiz Espila, y vino al mundo el 8 de junio de 1944 en Avilés (Asturias). Pero sus padres, de origen navarro, pronto se mudaron con ella a Pamplona cuando sólo tenía cuatro años. De modo que ella siempre se ha sentido “navarrica”.

Ya en su adolescencia empieza a componer sus primeras canciones, tomando incluso lecciones de canto en Pamplona. A los 13 años gana un concurso de canto en una emisora local de Pamplona, y un año más tarde empieza a tocar la guitarra, aprendiendo de manera autodidacta.

Cursa estudios universitarios, licenciándose en Filosofía y Letras por la Universidad de Navarra. Es el albor de los ’60 y María reincide en la música; pero en su amada Pamplona su mayor logro musical consiste en enrolarse como cantante en orquestas de bailes en locales como el Hotel Tres Reyes o el Club de Tenis. Su otra gran vocación, la interpretación escénica, le ofrece una alternativa, de modo que en 1964 se traslada a Madrid para estudiar Arte Dramático.

En 1966 consigue su puesta de largo sobre las tablas encarnando el papel de Santa Felicia en la obra “El misterio de San Guillén y Santa Felicia” (1966-1968), original de Santos Beguiristáin, junto al actor Ricardo Merino, en la localidad navarra de Obanos. Antes, no obstante, la música sigue llamándola con fuerza, así que frecuenta los ambientes estudiantiles donde contacta con grupos pioneros del pop madrileño; con uno de ellos, Los Shakers, llega a colaborar como cantante solista durante un tiempo. La experiencia es lo bastante positiva como para que, sin dejar el teatro, decida lanzarse como intérprete en solitario. Firma un contrato con RCA, y con el exótico sobrenombre de Lorella graba por primera vez: será un par de EPs (ambos, auténticas piezas de coleccionistas hoy día) con temas como “Sandy”, “Buscando el amor” o “Algunas veces“, con escasa repercusión.

En 1967 y dentro del ámbito universitario, es invitada a una fiesta de paso del ecuador junto a Massiel. Sólo lleva tres canciones, pero el éxito es tal que, aun con su sola voz y guitarra, el público volcado le hace repetir varias veces los mismos temas. Su fina voz, su dulce imagen, sus melodías y letras poéticas y su manejo con la guitarra la enmarcan de lleno dentro del floreciente folk hispano (y no, en cambio, en la onda de chicas ye-yé en paralelo auge). Acaba de firmar un contrato con Hispavox. Definitivamente, dejará el teatro.

A finales de 1967, dentro de Hispavox y ya con el nombre artístico de María Ostiz, lanza su primer LP, del mismo título. El álbum contiene su primer gran éxito, “No sabes cómo sufrí”, tema que un año después versionará Miguel Ríos.

En 1968 llega su segundo álbum (sin nombre concreto tampoco), cuyo éxito quedará avalado por excelentes canciones en singles como “Aleluya del silencio” (de nuevo versionado dos años después, esta vez por Raphael) y la sugerente y enigmática “Mi amiga Catalina”. Todo el álbum sirve además para muestra de los espléndidos arreglos de Waldo de los Ríos, que junto a la pródiga producción de Rafael Trabuchelli, volverán a ser ejemplo del “sonido Torrelaguna” tan propio del sello Hispavox de la época.

Ya en 1969 María Ostiz es acaso la cantautora más consagrada y reconocida de España. Será en junio de ese año cuando esta mujer de aire tímido por vez primera cubra portadas de la prensa rosa nacional al contraer matrimonio con el futbolista centrocampista del Real Madrid (ex de Osasuna) Ignacio Zoco, navarro también.

En 1970 su popularidad sigue en auge, y lanza su tercer álbum, “Canta, canta”. Con él, llega su mayor éxito que, curiosamente, no es un tema suyo sino una tonada folklórica galaica como “Na veiriña do mar”, que encabeza el álbum y con la que alcanza el nº 1 absoluto de las listas de ventas y popularidad en septiembre de ese año. Por esa época se ha puesto de moda en el pop español, y con gran aceptación, cantar en otras lenguas patrias, principalmente en gallego (“Corpiño xeitoso” por Andrés Do Barro, “Meu ben dorme” por Juan Pardo…); de modo que, persistiendo en esa línea, al año siguiente lanza un single con una versión del popular “Niña rianxeira”, aunque con mucha menos repercusión.

En 1972 lanza un nuevo álbum (de nuevo sin título definido), que se abre con un acercamiento a los clásicos, Mozart en concreto, a través de “Las alegrías se van”, excelente adaptación donde los arreglos orquestales de Waldo de los Ríos, nuevamente descollan a gran nivel, aunque con la entrada de la nueva década su fama declina un tanto.

En 1973 y acaso de manera algo precipitada o como tratando de atraer de nuevo la atención del gran público, Hispavox lanza el recopilatorio “Lo mejor de María Ostiz”, un álbum de 11 temas, sin duda muy representativos de su acreditado repertorio… hasta entonces. Porque en 1975 lanza el que para muchos es su mejor LP, “Pinceldas”, en el que María Ostiz alcanza su máxima madurez, con densas letras de hondo calado popular y marcado compromiso social (aunque sin caer en el panfleto político). Cierto es que el fino aire de folk campestre, casi litúrgico a veces de sus primeros trabajos, ha ido derivando hacia arreglos más complejos, parcialmente en detrimento de las melodías; pero canciones como “Campesina” o “El paria” avalan la calidad del disco en general. Con todo, el álbum pasa desapercibido (tampoco la edición de ningún single lo respalda). La carrera de la cantautora navarra parece abocada al declive.

En 1976, porque sólo los grandes artistas merecen otra oportunidad, la aureola de María Ostiz resurge con fuerza al ser elegida representante de España en el Festival de la OTI, a celebrar en Acapulco. Compone para la ocasión el tema “Canta cigarra”, donde ya en los arreglos se palpan aires criollos y amerindios, y consigue el primer premio. De nuevo, la fama de María Ostiz está en lo más alto y ahora también en Latinoamérica. A rebufo de este nuevo éxito, publica ese mismo año el álbum homónimo, otro gran disco donde se alternan ritmos latinos de milonga o habanera (“Mi pueblo”, la misma “Canta cigarra”) con la vuelta al folk de sus inicios (“Ya se fue la paloma”, “Canción en la mañana”).

En 1977, en la línea de los nuevos aires socio-políticos, publica el sencillo “Un pueblo es…”, como adelanto de un álbum con el mismo título. El tema es otro éxito que acabará convirtiéndose en uno de los himnos emblemáticos de la Transición en nuestro país. Además el álbum incluye “A ti, Cecilia” un tierno homenaje a la célebre cantautora madrileña fallecida en accidente de coche el año anterior.

En 1978, tal vez al socaire de su falta de suficiente compromiso para pertenecer al movimiento de canción de autor al uso de esos años (siempre rehusó hacer “canción protesta”), o previendo quizás el inminente declive del mismo en los albores de los años ’80, aún en plena vigencia artística, decide hacer un paréntesis. La realidad es que se quiere dedicar en adelante a su familia y a sus hijos. Sólo en 1980 saca otro álbum, de nuevo sin título específico, que se abre con un tema de José Luis Perales, “Sueño de un hombre cansado”, que refleja la similitud de estilos por entonces de ambos cantautores. Sorprende también su visión política en “España, sin ir más lejos”, donde veladamente apela a la pertenencia y a la diversidad territorial (para que luego digan…) Será su último disco con Hispavox.

El alejamiento de María Ostiz de la música se acentúa cada vez más en beneficio fundamentalmente de su vida familiar. No obstante, vuelve en 1987 con el álbum “Mujer”, dentro del sello Horus. Ni la voz ni la calidad de sus textos ha decaído, pero los arreglos distan mucho del antiguo sonido Torrelaguna, predominando sonidos de sintetizadores y secuencias programadas. Aun así, es un disco muy estimable, donde sobresalen canciones como “Olé, María”, de inéditos aires andaluces, o una original descripción de la rutina matrimonial en “Así se escribe la historia de un hombre y una mujer”. Tras este disco abandona definitivamente la música.

Más de 30 años han pasado desde entonces. Sólo en esporádicas ocasiones se ha visto a María Ostiz en público. Pero cuando de agarrar la guitarra se trataba nunca le tembló el pulso. Ni el humor, como cuando apareció vestida de monja al inicio de un recital en el Teatro Salamanca de Madrid en 1981, en tono de sorna como respuesta a ciertas críticas a su estilo y su persona. En su escasa implicación social durante la Transición y sus desinhibidas convicciones católicas está el germen de esas críticas injustas de las que ha sido objeto por parte de sectores “progresistas” de este país. Contra ellas, convendría destacar su aplomo para cantar en gallego y hasta en euskera en tiempos en los que estaba mal visto desde el poder imperante. Pero esta adusta y valiente mujer siempre fue fiel a su estilo y a sí misma; y a sus valores: pues no tuvo reparos en más de una ocasión, en fechas navideñas y sin cacarearlo en medios de comunicación, para acercarse a algún hospital o residencia con su guitarra al hombro (se recuerda en especial una visita suya al Centro de Tetrapléjicos de Toledo) y desgranar su famoso repertorio a enfermos y discapacitados, arrancando de ellos sus sonrisas y alegría.

Pocas mujeres en nuestro país como María Ostiz han descrito mejor paisajes y personajes populares a través de sus canciones llenas de inspiración y emotividad (acaso el Víctor Manuel de sus principios…) Su trayectoria artística ha sido reconocida con el Lazo de Dama de Isabel la Católica en 1975 y, junto a su esposo, recibió el Premio Francisco de Javier en su querida tierra navarra en 2011 (lo que no es poco en un país como el nuestro, usualmente rácano y tardío en honrar a sus figuras más meritorias). En estos últimos años a elegido refugiarse en su intimidad, lo que no impide que la rescatemos aquí por su crucial contribución a la música española de autor pionera de los años 60 del siglo pasado.

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